Las lágrimas caen por mis mejillas, como perlas líquidas y transparentes. Llevo así horas, sin hacer ningun ruido, llorando en silencio. Aún no me he parado a pensar en porqué estoy así. Pienso en ello durante largo rato. Y cada vez encuentro menos motivos para llorar. Cada vez noto menos las heridas de mi corazón. Cada vez tengo más ganas de ir a la calle a pasear. Me levanto y me miro en el espejo. Tengo la cara blanca y unas ojeras enormes que me dan cierto aire de muerta viviente que llora. Y ya no veo razones para seguir derramando lágrimas. Lentamente, una tímida y demacrada sonrisa va apareciendo en mi cara, despejando el dolor. Me estoy mintiendo a mi misma, no veo razones para hacerlo. Pero tampoco veo razones para no sonreir.
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